“En la farmacia”, cuento original de Rómulo Páez

EN LA FARMACIA

Rómulo Páez

La señora era delgada, de movimientos ágiles y bastantes seguros para la edad que representaba. Aparentaba unos setenta años, aunque por la manera como se expresaba y sus movimientos, podría haber sido más joven. Era el típico ejemplo de la mujer emprendedora y dispuesta a  confrontar el vaivén de la vida.

Cuando me acerqué al grupo de personas que esperaba en la farmacia no distinguí quién era el primero ni quién el último en la línea para reclamar las medicinas. Estaban como unas diez personas agrupadas esperando al frente de la ventanilla. Pregunté si esa era  la caseta para solicitar las medicinas y uno ellos me respondió que esperaban al encargado de repartir los números.

Me dí cuenta que la señora era la última de la fila. Sus ojos bastantes expresivos y alegres. El pelo pintado de amarillo, largo. Ella era quien llevaba la voz cantante en el grupo. Con mucha simpatía y coquetería estaba relatando las experiencias de su juventd  en los años cuando comenzaron a llegar en grupos los latinoamericanos.

En una de las pausas entre risa y coquetería, nos dijo “que no había desayunado porque pensó que el médico a lo mejor la iba a mandar de nuevo a hacerse el exameno de la sangre; pero no se lo mandó a hacer”.

Solo le dio la receta para la medicina y le hizo incapie en que debía tomarse la medicina si deseaba mejorarse “claro que quiero mejorarme, el muy estúpido. Si no quisiera mejorarme no me habría levantado a las cinco y media de la mañana para estar en la cita a las ocho”. A ella no le gusta llegar tarde a ninguna parte y menos a las citas médicas. Medio en broma medio en serio nos comentó “todavía es hora que no he tragado un bocado y tener que esperar por la bendita medicina ahora”.

Mientras dialogábamos, iban llamando a otras personas que esperaban por sus medicinas. Hubieron  quienes no la recibieron porque en la farmacia no las había, y los que la estaban necesitando urgente tuvieron que ir por ella a otra farmacia. “A mí que no me vengan con ese cuento que no tienen mi medicina. Dígame eso, todos llaman, todos entregan la medicina, todos piden los tickets. Siempre que vengo tienen algo diferente para amargarle el día a una”. No soy un visitante asiduo de las farmacias, por eso no conozco el mecanismo de éstas, pero la señora tenía razón, todos los empleados de la farmacia hacían de todo sin orden.

La doña paró su relato sobre su juventud para filosofar “ustedes saben lo que és eso: tener que esperar cinco horas. Ellos pueden en vez de dar un ticket, recibir la receta y buscar de una vez la medicina. Después de todo, todos piden la receta, todos dan el número, todos reparten la medicina y cualquiera le dice a una que no hay la medicina que está solicitando. Lo que tienen que hacer es que en vez de dar el ticket que pidan el récípe y la misma persona que busque la medicina o diga que no la hay y se acabó”.

Otra viejita anotó “y lo peor es que como no están coordinados llaman los números dos veces y hasta tres veces, el número 125 lo han llamado tres veces, y el señor que lo tenía se presento en el momento que lo llamaron”.

La señora, es una de esas personas que tienen facilidad para expresarse en las dos lenguas. Cuando hablaba, al mismo tiempo hablaba en los dos idiomas para comunicarse con los que hablaban solo inglés o los que hablaban solo español. Nos contó que “llegó niña con su mamá. En la escuela se las vio duro para tener amistades: primero por el idioma y segundo por su origen hispana. No había tantos hispanos como ahora en Nueva York. Por lo que más sufrió fue por su origen. Los hispanos éramos atacados por los blancos y por los negros”. Y con orgullo comentó “aunque a los gringos los volvían locos el sexapeal de las mujeres hispanas. Se corrió el rumor entre ellos que las hispanas éramos calientes. Nos buscaban para saciar su apetito sexual y después mandarnos pa‘l carajo. También a las gringas les gustaba lucir a sus hispanos”. Por supuesto no eran todos los gringos que actuaban así…En los sesenta fue que comenzaron a llegar más hispanos. Antes solo se encontraban puertorriqueños y uno que otro dominicano y mexicano porque los mexicanos se iban a los Ángeles. Pero aquí llegaron muchos cubanos. “En todas partes se veían a esas catiritas enseñándole las nalgas y las tetas a los hispanos”. Alguien le comentó sobre el boom de la salsa en esos días. El comentario sirvió para que la señora se destapara a contar “Yo esa época me la bacilé completica… miren muchachos, yo iba al Madison y de ahí salía a bailar y beber, hasta drogas, yo nunca use drogas pero muchas amigas con quien andaba se daban su pase. Con una amplia risa continuó una vez me pasó  tremendo chasco. Yo era bonita y atractiva y tenía mis conquistas…tenía un amigo que estaba de muerte, era un mango. Me la llevaba bien con el hombre. Una noche al salir de un concierto de la Fania en el Madison  me invitó a una rumba. Yo me fuí con mi hombre a la rumba. ¡Cuál no sería la sorpresa, cuando entramos todo estaba a media luz! Era un apartamento grande. Al entrar lo primero que vimos en la sala de recibo fue a varias parejas conversando y en pelotas. Había una mujer sentada en las piernas de un hombre los dos en pelota en el centro de la sala. Yo me quedé atónita”. De  la ventanilla anunciaron un número, era precisamente el número de la vieja, “bingo” gritó  y se dirigió a la caseta.

Regresó sonriendo de la caseta diciendo que le había dicho al hombre que “si mi medicina no está que buscara una que la sustituyera porque yo no quiero estar embromando, el gran stupid se quedó callado y solo me miró… Si no tienen mi medicina subo donde el doctor para que me la cambie yo no voy a venir solo por una medicina otra vez…bueno que les estaba contando muchachos… ¡Ah! El paquete en que me metió mi pareja! Me agarró por la mano y me llevó a un cuarto; se quitó la ropa y salió y me dejó sola. Estando en el cuarto sentada sin saber qué hacer, entraban hombres y mujeres y se desnudaban y salían en pelotas”. Riendo y como si estuviera viviendo el momento con los ojos brillantes, nos dijo, “No me quedó otra cosa que desnudarme también. ¡Imagínense ustedes, salir en pelotas delante de gente que una nunca ha visto! Estaba temblando. Pero inmediatamente se me acercó un tipo y me invitó a un trago y después a bailar, en una me recostó a la pared y me lo metió… de ahí en adelante, ¡Todos los que me sacaron a bailar me lo metieron ,… menos el hombre que me había llevado, ése se perdió en el apartamento.  Me soltaba uno y otro me agarraba a bailar y a beber y de repente me lo tenía metido”. Riendo, “Habían gringos, negros, hispanos, barrigones, tetas caídas… bueno aquello fue para vivirlo… cuando me desperté estaba en pelotas acostada en uno de los sofás del recibo. La gente se había marchado y yo estaba sola acostada ahí cuando vi aparecer a mi hombre. De ahí salimos por la mañana con el sol que encandilaba… Yo haciéndome la  víctima le reclamé por qué me había llevado engañada y dejado sola y él se había perdido toda la noche. Él se quedó viéndome Yo disfrute, pero no podía decírselo. ¡Imagínense, uno joven y alegre! Fue una verdadera noche de rumba, ahí hubo de todo, hombres con hombres, mujeres con mujeres, aguardiente, droga, sexo y paren ustedes de contar. Una verdadera experiencia”.

Le pregunté que le respondió su hombre y dijo “él me pidió disculpa y me dijo que lo había hecho porque pensó que a mí me iba a gustar. Después de ese día más nunca lo ví… al tiempo ya viejo sí lo he visto pero ahora es una piltrafa Tan guapo que era y ahora anda con bastón y una barba Es una piltrafa de hombre Supongo que siguió en eso, después de todo ha tenido suerte que no ha muerto con SIDA”.

Al grupo se fueron incorporando otras personas que iban llegando a reclamar suS tickets. Algunas tuvieron suerte y recibieron la medicina, pero otras se fueron sin ella. Nuestra amiga a cada instante que veía a alguien irse sin la medicina, con su característica expresión de abrir sus ojos, decía “a mí que no me vengan con ese cuento porque subo al médico ya mismo”. De pronto nos quedamos callados. En ese instante anunciaron el nombre de la anciana “Bingo” gritó y corrió a la ventanilla. Al llegar la oímos gritar al funcionario “para eso me han tenido aquí toda la mañana Estar sin desayunar porque me tenía que sacar la sangre Necesito la medicina porque es urgente No he comido nada y con un dolor de cabeza para que usted me diga ahora que la medicina no la tienen y que tengo que venir después Eso me lo pudo decir al recibir el récipe porque no soy la única que ha venido a buscar esa medicina y usted debía de saberlo cuando le dí el récipe”. Vimos a la anciana acercarse a nosotros, con una expresión de frustración en su rostro. Con una mueca que representó una sonrisa nos dijo “muchahos espero no tengan la misma suerte mía con estos irresponsables. Ahora voy a subir y ver si encuentro al médico”.

Rómulo Páez.

02-28-2008.

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