Los matices de “Cariaquito morao”

(Foto: Edna Lee Figueroa)

Con un sorprendente CÉSAR AUGUSTO COVA en sobrepeso y sudando más que un esclavo en una plantación, pudimos disfrutar de “Cariaquito morao”, el monólogo de PABLO GARCÍA GÁMEZ que es parte del Callback Series de Teatro Círculo. “Cariaquito Morao” es un texto que nos deja ver que bien conoce el mundo teatral su autor, cosa que bien dejó plasmada en su pieza “Las damas de Atenea”, con la que recibió el Premio HOLA en Dramaturgia Destacada. Con ésta propuesta recibe el Premio Dramaturgia ACE 2019. 

Es  la historia de un joven actor venezolano, que en Nueva York, quiere seguir su carrera. Como casi todos los tespianos realiza oficios alternos mientras audiciona. Pero “Cariaquito Morao” es solo el gran pretexto que utiliza García Gámez para presentarnos la cruda realidad del inmigrante, visado, no visado y desvisado en esta ciudad. El juego de doble vida del inmigrante, la vida que aparenta tener y la vida que en realidad lleva y nos recuerda la llegada de casi todos nosotros a esta ciudad con una maleta llena de sueños que pueden o no realizarse pero siempre con la gran ilusión de lograrlo y ese es el verdadero sueño americano del que tanto hablan. Otro elemento que explora la pieza es el misticismo, el cristianismo y el esoterismo que rodea la vida de los pueblos latinoamericanos y de cómo de una creencia se pasa a otra o se funde con otras para poder sobrevivir el viacrucis del diario vivir. Gran sorpresa es, para los que no somos venezolanos, descubrir que el título de la obra no es simbólico sino literal ya que es en realidad una poción/baño para despojarnos, que nos ayuda a sacudir lo malo y abrir nuestro camino.

(Foto: Edna Lee Figueroa)

Queremos pensar que César Augusto aumentó de peso para esta interpretación, lo que nos haría creer que es el Christian Bale del teatro hispano, pero dejando a un lado este tema, que a muchos le parecerá “trivial”, llegamos a la conclusión de que Cova, dejó cuerpo y alma en la interpretación de un actor inmigrante en la ciudad de los rascacielos. Disfrutamos y nos identificamos con él, en las aventuras y desventuras de  este actor por conseguir hacer lo que realmente le gusta; estar en escena, y vivimos y desvivimos sus frustraciones ante los rechazos. César Augusto, da diferentes matices a las  interpretaciones que presenta en las audiciones  y logra dominar tanto los momentos sublimes como los áridos de los extractos de las piezas utilizadas por García Gámez para las audiciones de su personaje; “La máxima felicidad” y “La revolución” de I. Chocrón; “Los ángeles terribles” de R. Chalbaud; “Acto Cultural” y “El día que me quieras” de J.I. Cabrujas; y “La empresa perdona un momento de locura” de R. Santana. Extractos para nada fácil por la profundidad que los caracteriza, pero Cova los domina con mucho garbo y nos vende muy bien los momentos que sale de la audición a la realidad inmediata del argumento. 

Pablo García Gámez como director, con pocos recursos pero esenciales llevó a buen puerto su propuesta, supo usar las coordenadas del espacio escénico, no hubo desperdicio y dejó demostrado la tradicional fórmula de que “menos puede ser más”. Logró lucir a Cesar Augusto en distintos niveles característicos con mucho tino, hasta nos entregó una “rumbera” que para nada envidiaría a  Ninón Sevilla. La rumbera de Cova, muy bien coreografiada por REBECA HITCHER BEHRENS, fue uno de los momentos más hilarantes de la propuesta, confirmando la vena cómica del joven actor. El diseño de luces de OMAYRA GARRIGA poco ambientó la propuesta. Los sonidos, operados y expandidos por el recientemente graduado del Technical Training Program de Teatro SEA, NICOLÁS BENQUÉ, muy eficientes. La escenografía, el vestuario y la utileria  muy minimalista pero bien empleadas. Felicidades a Teatro Círculo y Teátrica por reponer esta propuesta. 

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