El poder de la dirección escénica

     

(Sandor Juan, Zulema Clares- Filomena Marturano-Repertorio Español- Foto: Michael Palma Mir)

  EL PODER DE LA DIRECCIÓN ESCÉNICA

               Por Pedro R. Monge Rafuls, dramaturgo cubano-neoyorquino

La obra teatral surge con la creación del dramaturgo. El escritor es quien piensa y le da forma a la trama, y quien crea a los personajes, con sus psiquis, y movimientos, lo que le dará esencia, intención, y valor a la obra. Es el dramaturgo quien crea la estética de la obra. Pero, el autor debe hacerlo adecuadamente para que el director, con los actores, y los técnicos de luz, vestuarios, escenografías, etc. sean capaces de escenificar artísticamente; o sea, darle vida a lo que el dramaturgo escribió. El director con sabiduría, talento, imaginación, ingenio, humor, y erudición, es quien interpreta, complementa, y enriquece, la creación y la estética del escritor de teatro. El director es un artista de mucho poder.

   No siempre se encuentran directores dueños de la visión artística, actual, y futurística. También del pasado. Muchas veces esa creación enriquecedora del director exige alguna adaptación al medio ambiente, incluso, resolver los errores, o descuidos en alguna situación creada por el autor; pero nunca el director debe modificar el texto de forma que cambie la intención y la estética del dramaturgo. El director, además, de la dramaturgia, tiene que ir más allá, para enriquecer el texto, debe contar/trabajar con los actores, que serán los que animarán a los protagonistas: sus personalidades, sus psiquis, sus movimientos, para hacer la obra amena.

   La cubana Leyma López es una de esos directores creativos, manejadora del escenario, capaz de crear la obra teatral impresionante, aún, en los casos en que la obra tenga, como “Filomena Marturano. Un matrimonio a la caribeña”, que fui a ver recientemente, algunos deslices en la técnica de la escritura, según la mirada actual; deslices entre los que podemos mencionar: la larga extensión de la trama; el que se haga repetida (no necesariamente, repetitiva) la situación central. Igual ciertos diálogos, llevando a que la acción no avance adecuadamente, sobre todo en el segundo acto. La puesta de López resuelve con destreza estos percances, que no puede decirse que perjudican la obra. Lo hace con la ayuda de los actores, los que, bajo el concepto de la directora, cumplen adecuadamente con el propósito de sumergirnos en la trama concebida por De Filippo, y escenificada magistralmente por López.

   “Filomena Marturano”, fue escrita en 1946 por el actor italiano Eduardo de Filippo (1900-1984), para ser interpretada por su hermana, Titina, una actriz, que hizo un éxito del personaje, después de seguir su propio instinto de actriz, y luego del fracaso del estreno. Curiosamente, “Filomena Marturano” se convirtió en un suceso nuevamente, gracias a que fue estrenada en Buenos Aires donde, además, fue llevada al cine por el mismo Eduardo de Filippo. Nuevamente, obtuvo fama cuando Franco Zefirelli (1923-2019) la llevó al teatro en Londres, y la trajo a Broadway en 1980, con funciones limitadas. Producción que vi, y a pesar de su importancia teatral, recuerdo vagamente. En 1964 fue llevada al cine por Vittorio de Sica (1901-1974), con el título de “Matrimonio a la italiana”, con Sofia Loren (1934) y Marcello Mastroianni (1924-1996). Ahora vuelve a New York, al Repertorio Español, donde la titulan: “Filomena Marturano. Un matrimonio a la caribeña”, dirigida, repito, por Leyma López. Nuevamente, disfruté la dirección escénica de López, quien supo interpretar el estilo y la premisa de De Filippo, y llevar a escena la enmarañada trama de la obra. López, con la ayuda de una adecuada producción, diseñada por Robert Weber Federico, que cuenta con una magnífica, funcional, y “mágica” escenografía, logra mover ágilmente la acción, y los personajes que se “baten” en un enmarañado mundo, donde se mezcla la tragedia, la comedia, la burla, y la trampa. López capta esa atmósfera de enredos continúos, y rápidos, donde la palabra debe ser dicha eficaz y rápidamente; muchas veces usa la exageración de la actuación, siempre adecuadamente, como en el esperpento, o dándonos una caricatura de la existencia humana, al mismo tiempo que nos hace permanecer en la realidad de la situación, que dominan los actores-personajes, enmarañándonos teatral y artísticamente con completa, y apropiada, energía escénica.

La magia de “Filomena Marturano” se establece principalmente por/en la eficacia del embrollo que escribió De Filippo, y que permite la energía de la situación y la destreza de los actores para darle vida, sobre todo al conflicto entre Filomena y Domingo, que le dan movimiento a la trama. Los actores, sobre todo Filomena y su esposo, Domingo, se mueven constantemente en el escenario y en la tragedia que los agita: Filomena fingió morir para casarse con el hombre con quien vive hace años. Una vez casados, Filomena, una ex prostituta, se levanta de la cama y admite la trampa, y se clama victoriosa. Cree tener en sus manos al hombre con quien vivió por veinticinco años, y que no la trataba bien. Domingo, por su parte, la amenaza de divorcio, basado en esa mentira de un matrimonio en lecho de muerte. Pero el ardid de Filomena se basa en el deseo de darle apellido a sus tres hijos, y le confiesa a Domingo que uno de ellos es hijo de él. Eso cambia todo en el tercer acto, y Domingo decide casarse con Filomena, y no con la jovencita Diana, con la que planeaba desposarse una vez muriera Filomena. El enredo, al estilo italiano, toma una perspectiva más allá de Italia, con la adaptación de Leyma López, Rafael Sánchez y Robert Walter Federico, que incluso la titularon: “Filomena Marturano. Un matrimonio a la caribeña”. Y esa efectividad de desenvolver el embrollo matrimonial-familiar, clave en la obra, lo desempeñan Zulema Clares, como Filomena; y Sandor Juan, como Domingo, con certeza teatral. Sus interpretaciones, de dos seres enredados humana y psicológicamente, son espontáneas, creíbles, y nos hacen reír con sus obstinadas tragedias alrededor del amor, nada amorosas, sino más bien interesadas. Filomena, un personaje de muchos matices y valores escénicos, encaprichada en darle el apellido a sus hijos, y Domingo, un personaje súper teatral, en deshacerse de la mujer con quien ha convivido por un cuarto de siglo, y poderse casar con la joven Diana. Clares y Juan, ambos cubanos, se lucen. Están acompañados de un elenco maravilloso, que complementa la movida y compleja acción de enredos humanos, trampas, y sorpresas, de la trama. Amneris Morales, puertorriqueña, se luce como Rosalía, la criada-acompañante de Filomena, la cual la sacó de la pobreza hace años, y con la cual ha estado desde entonces. Un personaje pícaro, que hace lo que quiere, fingiendo nobleza e ignorancia. Rosalía puede sembrar la duda si cavilamos en su repetida mención de tres hijos, que se fueron a países lejanos. Al menos a mí, me dejó pensando en la aproximación de sus hijos desaparecidos, que nunca vuelven, con los hijos “secretos” de Filomena, que aparecen repentinamente. La otra sirvienta, Lucía, fue bien interpretada por la actriz española Sandra Gumuzzio. Igual de diestras fueron las actuaciones en varios papeles, muy disímiles, del actor dominicano Mario Peguero. Las actuaciones de los puertorriqueños Gilberto Gabriel Díaz Flores, como el hijo Humberto; y de Bryan Cortés, como el hijo Miguel, aportan, también efectivamente, al ambiente cómico-satírico-complicado de la trama de la obra. Todos los personajes logran crear el ambiente “raro” de esta locura de obra con sus interpretaciones. La dominicana Krystal Pou (Diana); el puertorriqueño Mario Mattei (Alfredo); y el venezolano César Cova (el tercer hijo, Ricardo) completan la trama.

Filomena Marturano” en su versión de un matrimonio a la caribeña, es un acertado regalo del Repertorio Español y de Leyma López, y de los actores que interpretaron a los personajes.

Pedro R. Monge Rafuls

29 de julio del 2019.

 

Please like & share:

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.