“La Celestina y Leyma López” por Pedro Monge Rafuls

  “La Celestina y Leyma López

Por Pedro Monge Rafuls 

Dramaturgo cubano-neoyorquino

(Foto: Michael Palma Mir)

“La Celestina” de Fernando de Rojas es una de las obras más conocida del teatro. Tan destacado es el personaje de la vieja y malvada enredadora, Celestina, que comúnmente sirve para clasificar a las que alcahuetean a alguien para conseguir el amor de otra persona.

La tragedia, que muchos afirman termina la Edad Media y comienza el Renacimiento de la literatura española, fue escrita entre 1499 y 1502. Su trama es una de enredos llenos de intrigas: Calisto, de noble linaje, busca su halcón en el huerto de la casa de Melibea, a la cual su familia mantiene encerrada en la casa, y al ver a la joven se enamora a primera vista. Le confiesa su amor y ella lo rechaza. Angustiado le cuenta a su criado Sempronio, que le sugiere acudir a una vieja prostituta, y alcahueta profesional, llamada Celestina. Ésta se hace pasar por vendedora de artículos diversos para entrar en la casa e influir en Melibea. También regenta un burdel con dos prostitutas, Areúsa y Elicia, que mantienen relaciones con los criados de Calisto, y se unen a las maquinaciones de la vieja prostituta, y de sus amantes. Con sus intrigas y encantamientos, la Celestina logra que Melibea acepte e, incluso, se acueste con Calisto. Recibido el pago del enamorado la vieja se niega a pagarle a los criados de Calisto, quienes se habían complotado con ella para que todo suceda. Estos la matan. Los criados también son muertos. Por su parte, las prostitutas deciden vengarse de Calisto y de Melibea y, de cierta manera, acarrean sus muertes trágicas.

No es fácil interpretar la premisa en/de obras de tiempos tan remotos, conservando, además, la esencia de la época al llevarlas a escena en el siglo XXI. Frecuentemente, los directores latinoamericanos caen en el pecado de aferrarse al modo antiguo de teatralizar o, en ir al extremo del modernismo cuando adaptan la obra a tiempos y significaciones contemporáneas, descuidando la época: costumbres y formas del autor antiguo. En ambos casos perjudican la puesta en escena, y alejan al espectador de la esencia, y peor, del gusto por el teatro clásico. En el teatro estadounidense no he visto esas adaptaciones “peligrosas”, pues en las obras “clásicas” en inglés que he visto, los directores han sabido interpretarlas, llevándolas adecuadamente a la escena de hoy con las condiciones estéticas, y teatrales modernas, pero sin descuidar la naturaleza del ayer. Ese error de adaptación perjudicial tampoco sucede en la admirable puesta de “La Celestina” de Leyma López.

(Foto: Michael Palma Mir)

El viernes 12 de abril tuve el gusto de ver la tragedia estrenada por el Repertorio Español el 8 de febrero del 2019, que ya la había presentado años atrás bajo la dirección de René Buch. Recuerdo las actuaciones de Mateo Gómez, Nelson Landrieu y Yolanda Arena en aquella versión. La actual puesta es otro acierto de dirección de Leyma López, quien, como lo ha demostrado anteriormente, sabe acercarse al teatro clásico español con pleno conocimiento de la estructura y dominio de la forma de la escritura original, logrando una versión moderna sumamente artística e interesante; y sumamente arriesgada, incluyendo el manejo de la sexualidad cuando travesiea con una escena orgiaca mientras toman el vino de manos de Celestina, quien, por otra parte, manifiesta cierta inclinación lesbianica; o cuando se atreve, burlonamente, con el uso de un actor (Gilberto Gabriel Díaz Flores) para interpretar sin amaneramientos, en forma seria, desenfadada y efectiva a Lucrecia, la criada de Melibea. López carga con todas las responsabilidades de una puesta en escena complicada como esta, jugando, al mismo tiempo, con un estilo realista, expresionista y caricaturesco, donde no faltan ciertos toques de efectos cinematográficos que complementan la escenificación. No olvidemos que el teatro  latinoyorkino desarrolla en medio del magnifico teatro neoyorquino, famoso por sus puestas, con Broadway y off Broadway se ve obligado a competir por el público teatral. Las imágenes, pinceladas del realismo mágico que López logra se encuentran a la altura de los contextos del teatro neoyorquino estadounidense, atendiendo, claro, a las posibilidades del espacio escénico y a las posibilidades de la producción. Esas imágenes llaman la atención, y al esclarecimiento, desde el principio de la puesta, cuando los personajes entran en fila, desde el público, permitiendo distintas interpretaciones; para mí: la entrada fantasmagórica de los seres de la trama desde el pasado literario. Por su extrema lindeza y efectividad particularizo, entre el grupo de imágenes que crea López, la del conjuro del oráculo mientras vemos a los actores representar el encuentro que la bruja ve en el baúl hechizado; la del intercambio del cordón entre Calisto y Melibea; y la de la muerte de Calisto. Se perfecciona el montaje con el uso de las luces, diseñadas por Omayra Carriga Castano; el toque musical adecuado de Gilberto Gabriel Díaz Flores, Dafnis Prieto y Alina Soley Mateu, que se complementa con la visualización de un DJ, también encarnado por Díaz Flores, y el uso de una computadora de sonidos en escena. Un toque simbólico, que sucede rápido, pero efectivo, rompiendo la temporalidad, dando una señal moderna de irrealidad de forma brusca y expresionista. Toda la parte hábil y artística se afianza con una atractiva y funcional escenografía de Leni Méndez, que contribuye a crear la magia, al mismo tiempo que ofrece intimidad a los hechos que suceden en el escenario.

Por otro lado, la directora López nos hace disfrutar de una obra de hace quinientos años, sacando lo mejor de las creaciones de todos los actores al decir y al moverse con plena coincidencia estética entre el texto y la capacidad actoral para asumirlo. Los criados, Sempronio (Mario Peguero) y Pármeno (Imanol Fuentes), logran adentrarse con fuerza y dominio escénico y gracia a/en sus personajes creando, así, familiaridad con los espectadores y efectividad en la puesta. Frente a ellos, contrasta la actuación de Celestina (Zulema Clares), que se acerca al personaje de forma grotesca algunas veces; otras, cínicamente, pero siempre logrando adentrar (y adentrarnos) en los recovecos humanos, nada positivos, de esta mujerzuela de la peor calaña. Pleberio, el padre de Melibea  (Gerardo Gudiño), cierra la obra en el mejor estilo de la concepción que tenemos del teatro clásico español, haciéndonos conmover con la interpretación de su monólogo de angustia y dolor por la muerte de su única hija. Son actuaciones para resonar.

 El teatro, nos hace ver esta creadora directora con sus puestas del teatro clásico, no está limitado por particularidades de época si se hace la lectura, y la interpretación correcta del texto a la hora de llevarlo a escena. Una escenificación que siempre recordaré.

14 de abril del 2019

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